Me llamo Canisio Culeras, llevo el nombre del Santo Patrón del día en el que arranca este cúmulo de circunstancias que es mi vida.
Pues, según me contaron personas que de ello sabían, yo realmente no nací, o más exactamente, yo aparecí -salí- como premio en una máquina tragaperras, para sorpresa de todos los clientes, en un bar de Tormes.
El afortunado apostante, no sin cierta confusión, me recogió y depositó sobre el mostrador del bar, por ver si daban algo de dinero por mí, pero el camarero con gran indignación dijo : Lo que sale de la máquina yo no tengo ninguna obligación de cambiarlo, el niño o lo que sea se lo lleva usted y que se lo cambien en el banco o en la escuela, que para eso están.
Ironías del destino, esta azarosa vida que es la mía, comienza en Tormes como la de aquel célebre pícaro de ignotos orígenes. Nadie daba por mí ni un real, mi resignado padre adoptivo regresó al circo donde trabajaba llevándome con él. Una vida errante me esperaba. Allí, en el circo, se me aceptó bien. No desentonaba mi presencia entre chimpancés, cabras y otros caprichos de la madre natura.
Mis primeros días en aquel ambiente, los recuerdo como un incesante traqueteo polvoriento de caminos. Fui amamantado por "la increíble mujer de los seis pechos", mujer de carácter a quien todos llamaban la de los tres pares de tetas.
Luego un poco más crecido, ya erguido sobre las piernas, anduve con la troupe de enanos albinos, con ellos fui feliz hasta que por imperativos de la tiroides los sobrepasé en altura. Es el caso que debía ganarme el sustento diario de forma alguna. Me enrolé con los funanbulistas, pero el suelo de la pista tenía imán para mí, y no ganábamos para disgustos; fui ayudante del faquir tragaldabas, domador de cabras catedráticas, masajista de la mujer de goma -disfruté bastante con esto-, cuidador de pulgas gimnastas, acomodador, pitoniso...
Al fin encajé bien con los payasos, estos descubrieron que, aunque un poco sordo- creo que a causa de los estampidos del cañón del hombre bala- la música y el canto no se me daban mal; comencé tocando el triángulo para llamar a rancho a la gente del circo, todavía hoy asocio el tintineo del triángulo a la comida. Más tarde llegaron mis primeros gorgoritos canoros y otros sonidos guturales. El público de las funciones asistía estupefacto a mis solos de triángulo y galletas maría. Así actúe con éxito por medio mundo.
Un buen día recogí aquello que consideré me pertenecia -todo cupo en los bolsillos de mi abrigo- y abandoné el circo. Decidí que aquella decisión había que mojarla y dirigí mis pasos hacia la primera tasca que se cruzara en mi camino, al fondo se recortaba entre brumas la ciudad de Praga (...)