Nace en un buque ballenero de bandera japonesa, en el Santuario de ballenas del Océano Antártico, de madre africana y padre japonés.
Su madre le trata con cariño el tiempo que con él pasa, trajinando entre pucheros, fogones y comida en las cocinas del gran buque. En su tiempo libre le alecciona y enseña a distinguir lo que ella denomina “el ruido musical” y el “ruido rítmico”, conceptos que asimila, pero que no comprenderá hasta bien entrada la adolescencia o más.
Su padre, empeñado en que su hijo aprenda las artes de la matanza, le construye un pequeño arpón y, poco a poco, le va introduciendo en su, entonces, pequeña cabeza, los rituales de la caza y otras formas de matacía que más adelante le llevarán a conceptuar sobre el peligro de pertenecer a un rebaño sumiso. Pero eso es otra historia…
Cuando Curro cumple 5 años su madre echa por la borda la sutil disciplina de su marido y señor y decide marcharse junto con el pequeño a buscar algo que les ate a la tierra. Las únicas palabras que su padre le dijo en la despedida fueron: si te encuentras con algún cerdo en tu vida, no sientas compasión por él, a lo que Curro contestó con un "vale" y un "adiós"...
Después de un largo viaje, el destino o quién sabe qué, les lleva a una zona de la Península Ibérica conocida como Los Monegros, donde su madre asegura que se siente como en casa.
Los años siguientes se dedica a experimentar con las enseñanzas adquiridas, llegando a fundir y confundir conceptos rítmicos, musicales y de matacía lo que le lleva a un estado maltrecho y a una necesidad de viajar. Viaja por aquí y viaja por allá.
Y es allá, en Praga, donde conoce a Canisio Culeras y a las demás Berretes.
Pero eso es otra historia...